Pocas palabras han sido tan utilizadas y, al mismo tiempo, tan poco examinadas como la palabra amor. Durante siglos hemos discutido si es una virtud, un sentimiento, un mandato moral o una experiencia espiritual. Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntar por su naturaleza.  La dificultad comienza en el lenguaje.
Nombrar un fenómeno no implica comprenderlo. Antes de que existiera la palabra amor, ya existían el cuidado, el apego, el deseo, el sacrificio, la protección y la entrega. La experiencia precedió al concepto. Fue la cultura la que reunió manifestaciones muy distintas bajo un mismo nombre. Tal vez por eso esperamos del amor aquello que jamás exigiríamos de una fuerza de la naturaleza. Nadie afirma que el fuego sea bueno o malo. Comprendemos que es una forma de energía. Puede cocinar el alimento, fundir el metal o destruir un bosque. La diferencia no reside en el fuego, sino en la manera en que se produce, se alimenta y se conduce. Con el amor solemos hacer exactamente lo contrario. Atribuimos a la energía la responsabilidad de los resultados y olvidamos examinar las estructuras por las que esa energía circula.

Un hogar no permanece unido únicamente porque exista amor. Si así fuera, ningún hogar amoroso se rompería.
Del mismo modo, una comunidad no se fortalece únicamente porque sus miembros se amen. La historia muestra innumerables ejemplos de acciones violentas justificadas en nombre del amor: amor a una fe, a una patria, a una familia o a una idea. Esto no demuestra que el amor sea destructivo. Demuestra que una energía, por sí sola, carece de dirección ética. Lo decisivo no es la existencia del amor, sino la forma que encuentra para expresarse. Cuando atraviesa el miedo puede convertirse en control. Cuando atraviesa el apego puede transformarse en dependencia. Cuando atraviesa la conciencia, el respeto y la responsabilidad, puede convertirse en cuidado. La pregunta, entonces, deja de ser si el amor es bueno o malo. La pregunta es otra: ¿Qué tipo de estructuras personales, familiares y sociales estamos construyendo para conducir esa energía?

Quizá el verdadero aprendizaje no consiste en buscar más amor, sino en desarrollar la conciencia necesaria para que esa fuerza, inevitablemente presente en la experiencia humana, pueda dar origen a vínculos que sostengan la vida en lugar de consumirla.