El mestizo y la recuperación de la ancestralidad


Existe una tendencia contemporánea a pensar la relación con las culturas indígenas desde una división demasiado sencilla: de un lado estarían los pueblos originarios, depositarios legítimos de la ancestralidad; del otro, los mestizos y demás sectores de la sociedad, situados en una posición externa frente a ese conocimiento.
Esta división resulta insuficiente para comprender la complejidad cultural de América Latina.
El mestizo no es un ser sin cultura, sin territorio y sin ancestralidad. Tampoco es simplemente un descendiente de Europa que observa desde afuera las culturas indígenas. El mestizaje latinoamericano produjo sociedades complejas, atravesadas por múltiples historias, memorias, desplazamientos, imposiciones y formas de resistencia. En ellas sobreviven elementos indígenas, africanos, europeos y campesinos, entre otros, muchas veces mezclados hasta el punto de que resulta imposible establecer fronteras culturales absolutamente limpias.
Por eso, cuando una persona mestiza nacida en un territorio determinado comienza a preguntarse por sus raíces, no necesariamente está apropiándose de una cultura indígena. Puede estar intentando recuperar una memoria que también fue fragmentada por la historia colonial.

La ancestralidad no es una propiedad racial
Una de las confusiones más frecuentes consiste en asumir que la ancestralidad puede dividirse de acuerdo con categorías raciales.
El asunto es más complejo.
Pertenecer a un pueblo indígena implica una relación específica con una comunidad, una historia, un territorio, unos sistemas de parentesco, unas autoridades y unas responsabilidades colectivas. Esa pertenencia no puede adquirirse simplemente mediante la participación en ceremonias, el aprendizaje de determinados conocimientos o la utilización de símbolos tradicionales.
Pero de esto no se desprende que el mestizo carezca de ancestralidad.
Una persona puede no pertenecer al pueblo Wiwa, Arhuaco, Kogi, Uitoto o cualquier otro pueblo indígena y, sin embargo, tener antepasados indígenas. Puede haber nacido en un territorio cuya historia está profundamente vinculada a pueblos originarios. Puede conservar en su familia prácticas, palabras, alimentos, conocimientos agrícolas, formas de relación con la naturaleza o maneras de entender la vida que proceden de procesos indígenas de larga duración.
La cuestión, entonces, no es determinar quién tiene o no tiene “derecho” a la ancestralidad.
La cuestión es qué ancestralidad puede reivindicar legítimamente una persona y desde qué lugar puede hacerlo.

Recuperar no significa apropiarse
Aquí aparece una diferencia fundamental.
Un mestizo que afirma:
«“Soy indígena porque participé en varias ceremonias”»
puede estar confundiendo experiencia espiritual con pertenencia cultural.
Pero un mestizo que afirma:
«“Quiero comprender las raíces indígenas presentes en la historia de mi familia y del territorio donde nací”»
está planteando algo completamente diferente.
En el primer caso puede existir una apropiación de identidad.
En el segundo puede existir una búsqueda legítima de memoria.
La diferencia no está únicamente en la sangre, ni en el color de la piel, ni siquiera en la intención individual. Está en la relación que la persona establece con aquello que pretende recuperar.

Recuperar una raíz no significa necesariamente convertirse en aquello que se está estudiando.
Un descendiente de una sociedad mestiza puede acercarse a un pueblo indígena para aprender sin pretender convertirse en miembro de ese pueblo. Puede participar en procesos culturales con autorización y respeto. Puede escuchar, investigar, colaborar y construir relaciones.
La frontera ética aparece cuando el aprendizaje se transforma en apropiación de autoridad, identidad o conocimiento reservado.
El territorio también produce cultura
Existe además una dimensión que suele quedar fuera de esta discusión: el territorio.
Las sociedades no solamente reciben cultura de sus antepasados; también producen cultura a través de su relación histórica con los lugares que habitan.
Un mestizo nacido en un territorio indígena no es culturalmente idéntico a un mestizo nacido en otro territorio. La experiencia histórica de la Sierra Nevada de Santa Marta no es la misma que la de los Andes, la Amazonía, el Caribe o los Llanos.
Cada territorio ha producido relaciones particulares entre poblaciones indígenas, campesinas, afrodescendientes, mestizas y urbanas.
Por eso resulta insuficiente pensar que solamente los pueblos indígenas poseen una relación cultural con el territorio.
La diferencia está en la naturaleza de esa relación.
Un pueblo indígena puede poseer una relación ancestral, colectiva y jurídicamente reconocida con un territorio determinado. El mestizo puede tener una relación histórica, familiar, afectiva y cultural con ese mismo territorio. Son relaciones diferentes, pero ambas existen.

Reconocer una no obliga a negar la otra.
El peligro de convertir la ancestralidad en mercancía
Esta discusión adquiere todavía mayor complejidad cuando entra en juego el mercado.
Actualmente encontramos una expansión de ceremonias, pagamentos, plantas, cantos, símbolos, tejidos y discursos ancestrales convertidos en productos y experiencias para consumidores.
Aquí sería demasiado sencillo afirmar que el problema consiste únicamente en que personas externas se apropian de las culturas indígenas.
También debemos mirar hacia adentro.
En determinados contextos, miembros de las propias comunidades han comenzado a convertir elementos rituales y ceremoniales en mercancías destinadas al mercado espiritual contemporáneo.
Esto no significa que toda actividad económica indígena sea ilegítima. Los pueblos tienen derecho a desarrollar sus propias economías y a decidir cómo utilizan determinados conocimientos y expresiones culturales.
El problema aparece cuando la lógica comercial comienza a modificar profundamente aquello que se pretende preservar.
Un pagamento puede convertirse en un servicio.
Una ceremonia puede convertirse en una experiencia turística.
Un conocimiento reservado puede transformarse en contenido para redes sociales.
Una relación espiritual con el territorio puede convertirse en una marca.

Y cuando esto sucede, la discusión ya no puede reducirse a indígenas contra no indígenas.
El mercado comienza a transformar a todos.
La paradoja contemporánea
Aquí aparece una paradoja particularmente importante.
En ocasiones denunciamos correctamente la apropiación cultural externa, mientras ignoramos los procesos internos de descontextualización.
Una persona extranjera puede apropiarse de un símbolo indígena y convertirlo en mercancía.
Pero también puede ocurrir que un miembro de la comunidad produzca una versión comercializada y simplificada de ese mismo símbolo para satisfacer la demanda del mercado.
En ambos casos existe una transformación.
La diferencia está en quién controla el proceso, quién obtiene los beneficios, qué conocimientos están involucrados y qué relación permanece con la comunidad y con el territorio.
Por eso la pertenencia étnica, por sí sola, no constituye una garantía de autenticidad.
Ser indígena no significa automáticamente conservar intacta una tradición.
Del mismo modo, ser mestizo no significa automáticamente estar desconectado de toda ancestralidad.
Las culturas cambian.
La pregunta antropológica no debería ser solamente si una práctica es “auténtica” o “inauténtica”, sino qué relaciones sociales, históricas y políticas están produciendo esa transformación.
Hacia una relación diferente
Quizás sea necesario abandonar la idea de que el encuentro entre indígenas y mestizos debe construirse siempre desde la oposición entre “los que poseen la ancestralidad” y “los que quieren apropiársela”.
Existe otra posibilidad.
El indígena puede afirmar su pertenencia, sus derechos, sus conocimientos y sus sistemas propios sin necesidad de convertir la ancestralidad en una frontera absoluta.
El mestizo puede reconocer que no pertenece a un pueblo indígena determinado sin asumir por ello que carece de historia o de raíces.
Puede decir:
«“No soy Wiwa, pero quiero conocer la historia Wiwa de este territorio.”»
Puede decir:
«“No soy portador de esta tradición, pero quiero aprender de quienes la mantienen viva.”»
Puede decir:
«“No pretendo apropiarme de una identidad que no me corresponde; quiero comprender las raíces que conformaron el territorio en el que nací.”»

Esta posición exige humildad, pero también exige algo más difícil: responsabilidad.
Porque recuperar la memoria no consiste en coleccionar símbolos indígenas, aprender unas cuantas palabras, vestir determinadas prendas o participar en ceremonias.
Recuperar memoria significa asumir una relación crítica con la historia.
Significa reconocer las violencias que produjeron el mestizaje.
Significa aceptar que muchas culturas fueron silenciadas.
Significa reconocer los conocimientos que sobrevivieron.
Y también significa aceptar que algunas cosas no nos pertenecen.

La ancestralidad como memoria viva
La ancestralidad, entendida antropológicamente, no debería reducirse a una genealogía biológica.
Es también una relación entre generaciones.
Es memoria, territorio, lenguaje, alimentación, parentesco, tecnología, música, ritualidad, narración y formas de interpretar el mundo.
Los pueblos indígenas poseen sistemas propios de transmisión de esa memoria y tienen pleno derecho a decidir qué comparten, con quién y bajo qué condiciones.
Pero la existencia de esos derechos no significa que el resto de la sociedad deba permanecer culturalmente huérfana.
El mestizo también tiene que reconstruir su propia historia.
Y quizá esa reconstrucción requiera precisamente acercarse a los pueblos indígenas, no para convertirse en ellos, sino para reconocer la historia compartida —y también las diferencias— que conforman los territorios contemporáneos.
La verdadera recuperación de la ancestralidad no consiste en apropiarse de otra identidad.
Consiste en volver a preguntarse de dónde venimos sin inventarnos un origen que no tenemos.
Y quizá allí exista una posibilidad de encuentro más madura entre pueblos originarios y sociedades mestizas: una relación basada no en la apropiación ni en la idealización, sino en el reconocimiento de las diferencias, la memoria histórica, el respeto por la autonomía cultural y la construcción de vínculos reales con el territorio.
Porque la ancestralidad no necesita convertirse en una propiedad exclusiva para ser protegida.
Y tampoco necesita convertirse en una mercancía para mantenerse viva.
Necesita, ante todo, personas y comunidades capaces de recordar, transmitir, transformar y asumir la responsabilidad de aquello que reciben de sus antepasados.


Por Adrian Pulido- Ukumary 

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